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ANTONIO NIETO HUERTA - " Correo del Arte "
Sigue siendo el deseo de crear belleza, el impulso que informa la obra de Aurelio Rodríguez.
Su gran sentido de la estética encuentra en el pastel la expresión más refinada. Al servicio de ella, su técnica excelente crea cuerpos casi reales, ropas que se pliegan con una exacta autenticidad, y objetos inanimados, animales, rincones de hogar que no parecen estar en un cuadro, sino más bien, ser la realidad misma.
Este pintor, exquisito y sensual, aprovecha todas las posibilidades del pastel, para captar la belleza, sutil, íntima, de seres y objetos de la vida diaria que parecen quedar escondidos a las miradas corrientes, demasiado bruscas y precipitadas.
Él, en cambio, se recrea en los volúmenes de los desnudos y en el cálido encanto de la piel tersa y sus figuras parecen haber sido sorprendidas en la intimidad de un ensueño, inconscientes de su propia desnudez.
Él busca un objeto, casi olvidado, al que no prestaríamos demasiada atención, y se esmera en cada detalle.
Intenta Aurelio hacer más vivos a los seres y a las cosas, seleccionándolos, aislándolos, para que podamos tomar conciencia de cómo son.
Cuerpos abandonados a sí mismos, aislados en un mundo acogedor de telas suaves; frutos y objetos que, en un rincón cualquiera, esperan nuestra mirada; animales cuya vida se detiene en un momento de quietud.
Todo es paz, armonía, belleza delicada y silencio. Porque en los pasteles de Aurelio Rodríguez puede percibirse un silencio interior: el que se produce cuando volvemos la espalda a la realidad ruidosa de nuestra vida y nos adentramos en la recogida intimidad de las cosas sencillas, de los seres, cuya belleza permanece en una actitud más allá del tiempo.
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