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BERNARDO PALOMO - Crítico de Arte
El hálito bello de la realidad representada
La trascripción objetiva y exacta de la realidad como motivo pictórico ha constituido en los últimos tiempos en los que los intereses artísticos caminaban por distintos derroteros, motivo de apasionadas discusiones y de entonadas aseveraciones dialécticas que siempre han acabado sin desentrañar el asunto por el que fueron iniciadas. Y todo esto porque muchos han sido los hacedores de una pintura que, en su impertérrito transcurrir, ha ido degenerando a posiciones de extrema superficialidad, avalados por un fácil público que adquiría todo tipo de simplezas compositivas a la búsqueda de un testimonio garante de una eterna tradición artística.
No obstante han existido y continúan haciéndolo importantes pintores que han mantenido viva la expectante llama de la naturaleza pictórica realista. Aurelio Rodríguez es de este tipo de artistas que son necesarios para que sea posible una delimitación de coordenadas estéticas. Su pintura es estoica, total, pulcra, sistemática y virtuosa. En ella no hay espacio para la dialéctica. Es así porque ha de conformar la perfección formal más completa. No existe la posibilidad más pequeña para que pueda distorsionar un ínfimo elemento. Todo ha de resultar escrupulosamente limpio, sin alteraciones desvirtuantes, aunque éstas aumenten su capacidad expresiva. No concede margen, expresa lo tangible y lo hace sin paliativos, sin posibilidad alguna de que ello dé pie a manufacturas de lo real. Sin embargo, la pintura de este virtuoso no es hiperrealista, al menos no lo es según los conceptos tradicionales del término; es absoluta, es decir, no está interpretada, ni por supuesto, acepta elementos divergentes a lo que la realidad misma posibilita; es increíblemente fiel al modelo empleado; es, en definitiva la pura manifestación de la realidad sin ambages dialécticos, ni sofismas especuladores, solo lo real puro y simple.
La noción del tiempo estético se ha detenido totalmente. Parece como si una sensación extraña hubiese parado los pulsos a las esquinas de los cuadros. Su realismo pictórico, que no es ese trasnochado realismo insustancial y falto de entidad al que tanto se acude cuando las intenciones plásticas atraviesan por periodos de notables carencias, es la aprehensión mediata de un instante inmediato. Hay una especie de deseo de plasmar la quietud del momento vivido. Los objetos reales que circundan la cotidianidad poseen, en sí mismos, una atemporalidad estática que deja al descubierto el deambular temporal de lo que los rodea.
Junto al vértigo existencial contrasta el monolítico discurrir de aquellos elementos que son la tramoya vital de la propia realidad. Nostalgia de ambientes apacibles y quietud exultante, ecos susurrantes de lo que no se posee, espacios infinitos de silencios anhelados.
Aurelio Rodríguez recrea un universo de presencias en un estadio de esplendideces visuales; es siempre una ventana abierta a un mundo sosegado, a una naturaleza que está pero que se desconoce, que se presiente, y se anhela. Responde a una puesta en escena exuberante, de brillantes resultados, donde los motivos trasgreden su normal situación hasta desencadenar un lenguaje, que se hace simbólico para cuestionar el normal discurso de tal realidad. Es una lección técnica de forma pero, sin embargo, todo está estructurado para que la propia estética esté por encima de un continente que su única razón de ser es el apoyo plástico de un momento artístico, nunca una lección de virtuosismo. No obstante, no estamos ante la obra figurativa manida y triste que tanta expectación despierta entre ciertos estamentos poco comprometidos, sino que es la manifestación más exacta de cuanto supone un reflejo total de lo elegido, como motivo plástico.
Aurelio Rodríguez nos muestra la cara bella de la realidad. Su obra parte de una perfección absoluta, de la plasmación ideal de una escena y de sus concreciones diferenciadoras. Sin embargo, no se queda ahí, no se limita a plantear las fronteras exactas de lo representado, sino que busca la esencia profunda, su armonía, el espíritu interno que subyace en un sustrato superior y al que hay que rescatar de entre todo el marasmo superficial conformante. Deja entrever los armónicos organigramas compositivos que la propia realidad representada dispone y a la que es necesario aislar de su conjunto para que desarrolle todo su poder diferenciador. Al mismo tiempo consigue que su proceso pictórico exalte los valores materiales de las formas pintadas, sus calidades, sus volúmenes, sus texturas. Existe una misteriosa intencionalidad escultórica, que modela la realidad a través de la forma pictórica. De este modo, el artista pinta, pero también esculpe la esencia de lo cotidiano, dotándolo de un especialísimo valor plástico.
La pintura de este artista abarca una serie de circunstancias que ponen muy a las claras el vigor compositivo del que hace gala. Un poderoso dibujo cuya dinámica resolución sustenta, básicamente, todo el proceso artístico, sirve de apoyo estructural a una composición pictórica que no se queda en un a simple figuración sino que avanza por rutas con ansias de experiencias significativas con muchos más alcances.
Aurelio Rodríguez pinta el aliento de la realidad, el ánimo vivificador que surge desde las inmensidades de lo intangible. La pintura de este autor condiciona la actitud del espectador al posicionarlo ante la avidez concupiscente de lo que se ansía con vehemencia. Es una bella lección de amor hacia el gesto supremo de la emoción pintada.
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