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RUBÉN DÍAZ - Redactor de Diario de Avisos "Cultura"

Desde otro sur nos llegan las luces preclaras de un pintor carente de formación académica, que no de información que antepone una pasión patológica por la belleza a la rigidez de otros síntomas propios de la lectura del arte. El ojo químico del artista, taimado y educado entre encinas pobres y antiguos olivares, han podido trascender a una yuxtapuesta realidad que Aurelio Rodríguez, con insultante pericia, nos transforma tal cual es en un discurso espectacularmente ortológico.
Mario Satz sostenía que la perfección es una pulida colección de errores. y no dejaba de tener razón si emparentamos este pensamiento al cotidiano ejercicio del pintor en la obsesiva y perseverante búsqueda de la perfección de su oficio, un oficio que desde sus orígenes sobre las piedras de las cavernas conserve la sublime capacidad de asombramos.
Aurelio Rodríguez ha cultivado su disciplina desde el talento natural y su propia génesis. Su aprendizaje ha transcurrido - y esto no es una blandicia - por el tortuoso sendero del trabajo. Aquí no hay casualidad ni prodigio divino. Si nos quedamos exánimes ante el ostentoso resultado de la técnica de sus manos y si el pináculo impoluto de su evolución nos maravilla, es porque en sus lecturas de una realidad amañada e incluso escenográfica no hay nada nugatorio.
Todos sabemos que esta forma inveterada de sentir el arte tiene sus más aguerridos defensores contra otros detractores que atribuyen falta de creatividad y expresión. Muchos zoilos, desde la boira de su invidencia, huyen de esta copia irreal de lo real hacia los paisajes de la sugestión, el lenguaje subjetivo del color y el sentimiento polivalente de la mancha. La luz tersa y palpable de la piel desnuda de estos cuadros, las telas fruncidas, el bodegón de la realidad teatralizada o teatralizante, están aquí con el mismo brillo e idéntico y delirante romanticismo que fundamentaron la necesidad de explicarse de los grandes pintores. En nosotros está la ocasión del asombro si somos sensibles, en definitiva, a la luz, culpable de esta seducción que enamora el ojo aunque se trate de una fotografía. Apelando al sentido del humor, Aurelio Rodríguez, «pintógrafo», ha de llevarse mal con la tecnología japonesa.